
"De pronto se quedó inmóvil, con una carta en lo alto, y su mirada era a la vez perdida y melancólica. La vigilé durante unos instantes, luego, le pregunté en qué pensaba. Entonces, pareció despertarse, me dirigió una mirada desolada y, sin poderse contener, hundió la cabeza entre las manos, como si no quisiera que nadie profanara su llanto.(...) En ese momento, no parecía una mujer de veintitrés años, sino una chiquilina, momentaneamente infeliz porque se le hubiera roto una muñeca o porque no la llevaran al zoológico. Le pregunté si se sentía desgraciada y me contestó que si, le pregunté el motivo y dijo que no sabía. No me extrañó demasiado, yo mismo me siento infeliz a veces sin un motivo concreto. Contrariando mi propia experiencia, dije: (Oh, algo habrá. No se llora por nada.)
Entonces empezó a hablar atropelladamente, impulsada por un deseo repentino de franqueza: "Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada, y nada acontece, y nada me conmueve hasta la raiz. Miro a Esteban y miro a Jaime y estoy segura de que ellos también se sienten desgraciados. A veces (no te enojes, papá) también te miro a vos y pienso que no quisiera llegar a los cincuenta años y tener tu temple, tu equilibrio, sencillamente porque los encuentro chatos, gastados. Me siento con una gran disponibilidad de energía, y no se en qué emplearla, no sé qué hacer con ella. Creo que vos te resignaste a ser opaco, y eso me parece horrible, porque yo sé que no sos opaco. Por lo menos, no lo eras."
Le contesté ¿qué podía decirle? que tenía razón, que hiciera lo posible por salir de nosotros, de nuestra órbita, que me gustaba mucho oirla gritar esa inconformidad, que me parecía estar escuchando un grito mio, de hace muchos años..."


